sábado, 30 de junio de 2012

descansar en pants

Detened las voces, parad con los gritos. Decid a los invasores de mi cabeza que la abandonen. Mi insomnio es un teatro donde se interpreta Ionesco a tres pistas y a tres tiempos diferentes, todas a voces, EN MAYÚSCULAS MAYESTÁTICAS. Callad, malditos gritos desaforados. Dejad de usar mi noche para desahogar las frustraciones del día. Parad, insensateses electorales, no soy urna sino doors. Desistid de coaccionar mi sufragio onírico, tengo derecho y más que eso, tengo los pants. Haced mutis de la litis, considerando. Así sea.


domingo, 6 de mayo de 2012

lu(s)t(r)o

Querido Urbano:

hace tan poco que pasó tanto tiempo que todavía no nos hacemos a la idea de cómo contarlo. Hoy, no es hace un lustro, es hoy; a la vez, no hay día que no tenga aunque sea la sugerencia modesta de ser -en una sombra, en un recoveco, en el sueño- el mismo día que hace un lustro. El día en que te exhalaste de ese cuerpo tan castigado.

Estamos bien. Hemos aprendido a llevar tu ausencia a cuestas porque no pesa, porque nos acompaña, es algo que se parece a la memoria pero que se lleva como tatuaje en los ojos, o más bien, como nube.

Nos volvimos de arena, Urbano, nos supimos disueltos en el tiempo y eso nos hizo un poquito más sabios y también un poquito más viejos. Paradójicamente, también nos hizo más concretos.

Si volvemos a visitar hoy, hace un lustro, es porque volvemos al vórtex a reencontrarnos. Pienso que en realidad es el único día en el que no estás, el día en que se acaba el mundo. No te preocupes, ya aprendimos también que los mundos se acaban para nacer al instante siguiente.

viernes, 11 de noviembre de 2011

soy mexicana y no me da risa la muerte

Acabo de cerrar mi timeline de twitter con una sensación escabrosa en las vísceras. Recién la oficina de Presidencia confirmó la muerte del secretario de Gobernación y de todos los que iban en un helicóptero, vehículo de déjà vus macabros. La información, por supuesto, empezó a fluír como en competencia por llegar primero: corrieron rumores por entre los espacios de silencio, soplaron afirmaciones riesgosas e irreponsables de quienes querían ser los primeros en sacar conclusiones, salpicaron de demandas, críticas y preguntas los que no resisten la tentación de saberlo todo y saberlo ya. 

Finalmente, los medios se inundaron de la certidumbre de las muertes y la ignorancia de las causas; los malabaristas de la información en twitter iniciaron con las conjeturas y las burlas, las palabras saeta desde los avátares y los nicknames de quienes se sienten con el derecho de juzgar con ligereza la pérdida de las vidas, de todas las vidas.

No pretendo moralizar las opiniones, pero me parece que cuando has visto la muerte en los ojos de los secuestrados, los deudos y los espejos tendrías que entender que el dolor abre el mismo boquete en las entrañas de todos, que nos iguala, que no discrimina.

Me parecería una enorme incongruencia pedir respeto y silencio a la muerte de las víctimas de guerras aberrantes y que no lo ofrezcamos de regreso; por superioridad moral o porque nuestros disparos discursivos no tienen consecuencia y podemos seguir en la oficina deseando la hora de salir a comer.



domingo, 5 de junio de 2011

la hora en la que el año se dobla

El Tiempo, ese señor bigotón y siempre un poco ridículo, me mira desde su escritorio de contador y niega con la cabeza: se me acabó el veinte y es tiempo de que empaque y me vaya. No tengo argumentos para desmentirlo. Me he pasado la primera mitad del año invocando a los cambios y a los movimientos telúricos para empezar a concretar lo que hasta el momento sólo son palabras. Ten cuidado con lo que deseas.

Ahora bien, si he ansiado tanto el cambio y mis ideas son tan claras, ¿por qué no acabo de despegar los dedos del marco de la puerta? Después de mucho pensarlo, concluyo que lo que me aterroriza es empezar un camino en solitario, donde después de un rato, los conocidos y la familia se cansan de palmearte los hombros y desearte suerte y se vuelven a su rutina quincenal de segundo semestre y tú sólo tienes un espejo y una lista manoseada de ideales cada vez más borrosos por la repetición.

En conclusión, que da mucho pinche miedo (aquí el gozne del año).

El espejo me devuelve una cara asustada que conozco bien; en el fondo del cuadro, el Tiempo saca una tarjetita roja y la agita para asegurarse de que lo vea y me baje del estrado. Ni siquiera he empacado las palabras que se supone he de inflar hasta que se transformen en actos con sentido. Miro al Tiempo como Purr me mira cuando lo dejo solo, pero ya se sabe que el Tiempo no tiene sentido del humor.

En la hora de doblar el año hay que empacar también el espejo y llevar en una bolsa segura los números de tus amigos, para que cuando te pierdas, te recuerden quién eres, de dónde vienes y por qué emprendiste esa caminata y en el último de los casos, para que te ayuden a volver a casa. Pero a todo esto, hay que empezar por separar un pie del suelo y luego el otro.





martes, 12 de abril de 2011

murray el inmoral, o los cien años de ráncher

Déjenme pensar, cuando la conocí debía tener alrededor de ochenta y cinco años y ya era una leyenda; lo cierto es que no se llamaba Ráncher entonces, sino 'la Abuela de Analui' o 'Doña María Luisa' y existía en un mundo de abolengo y fotos de personas que habían partido tiempo atrás. Ráncher es vigilante del tiempo y abuela de acero, ha sido la inspiración para fotógrafos y el pilar de vida de Ano; ha resistido los embates de la tristeza y el desencanto con enorme dignidad, también ha tolerado las pasadas de su nieta que la pone a recitar ensalmos de inmortalidad, -ay, ¡cuánto las quiero!

Lo que no saben es que Ráncher sí posee poderes y es capaz de vencer a las propias montañas con su enorme capacidad para la domesticación de los seres pequeños y de las manecillas del reloj; lo que no saben es que Ráncher es capaz de sostener amorosamente, con el poder de cien hombres, a una comunidad pequeña -que nos da por llamar familia- a partir de principios y fe. Lo que no saben es que Ráncher es capaz de enviar bendiciones que protegen, incluso, a nosotros, los agregados culturales del clan Sánchez.

Los que no la conocen pueden dudar que exista ese enorme poder en una mujer que sólo acepta desayunar en el Biarritz de Toluca (su Toluca); pero los que han visto suceder la verdadera magia saben que los poderes vienen en envolturas sencillas y olvidadizas, en manos centenarias de bisabuelas legendarias que tuvieron a bien acompañar este siglo convulso con historias y reliquias de un lugar mejor, su corazón.

Tantos -y tan pocos- años después, no puedo más que abrazarla y con tanto gusto gritarle (no oye tan bien, se entiende): ¡FELIZ CUMPLEAÑOS DOÑA RANCHERAAA!

miércoles, 9 de febrero de 2011

decir y escuchar (o lo que nos tiene tan fascinados)


Te exasperas de que te pida que me digas, que cuentes, que atrapes en las cintas de cuero de las palabras las ideas que revolotean en tu cabeza como la pirotecnia de tu pueblo natal; te digo siempre lo mismo: es ahí, es en ese lugar y sólo en ese donde puedo entender algo, donde la cinta de moebius se convierte en una bonita hebilla de cinturón. Tú, amante del sonido explosivo de las percusiones electrónicas -y de los guiones cortos- prefieres las dedicatorias musicales, los bailes y las lecturas silenciosas y que tus letras brillen como charol bien suajado. Yo recorro los estantes corriendo con los brazos extendidos, tú, desde la cima de tu estatura eliges con paciencia un solo enlatado y la proteges con argumentos teóricos irrefutables (y chistes terribles). Yo puedo pedir a Iván un centenar de veces que repita melcre y cada vez sentir cosquillas en la espalda; tú, puedes doblarte en varias partes ante la pantalla de lo que anticlimáticamente llamas ordenador para encontrar ese beat que te lance a mirar el techo por horas, sonriendo. Yo, siempre contra el tiempo; tú en esa tabla veloz de surfista de minutos que  se convierten en horas cuando -siempre- te topas algo interesante. Yo con tantas preguntas, tú con tantas respuestas de malabarista; yo con los ojos cerrados, tú con los ojos abiertos -lagos negros y profundos-. Yo hablando frente a ti, hablándote, apalabrando, tú deteniendo mi barbilla con esa mano grande y colocando un beso silenciador para que deje de manosear la razón y de una buena vez escuche lo que dice tu percusión cardiaca.

domingo, 7 de noviembre de 2010

muchas madres, muchos hijos y nosotros los voyeurs

No puedo dormir y siempre puedo. Cierro los ojos y empiezo a oír voces y a revivir las emociones de mi día en un remolino frenético, como son y deben ser los remolinos. Hoy, o para ser justa, ayer -seis de noviembre- presencié en el centro del mismísimo huracán de flashes, el reencuentro de una madre deshijada con su hija desmadrada veinte años después de su último contacto.

Doña Emeteria vino con la caravana de madres hondureñas que recorren México en una marcha simbólica en busca de sus hijos desaparecidos. Ella, hasta el momento, había participado en más de tres viajes por quién sabe qué esperanza necia que ahora le dice que siempre lo supo. Parece que fue su nieto, el hijo de Marlén, la desaparecida, el que tuvo la iniciativa del reencuentro. No sé; las narrativas siempre encuentran la manera de superponerse al movimiento eólico para simplificar y romancear. El punto es que acordaron que el encuentro sucedería en la casa del migrante San Juan Diego de Lechería, donde tantas mujeres llamadas madres por hijos ajenos y tantos hijos que no pueden llamar a sus madres, se dan las manos.

Globos, discursos, periodistas que buscan que la nota se fabrique para ellos y que no se tarde; ojos de cansancio pero también bocas sonrientes; pastel para todos; Lénor, que apareció de regreso tres meses después de su primera visita y su secuestro; milagros y migrantes: migragros.

La sensación fue tan intensa y tan íntima que me lanzó fuera del círculo de luces: pensé que Emeteria y su hija merecían privacidad y respeto, que tantas personas mirando éramos voyeurs en su ventana y guardé un minuto de oscuridad dentro de mis ojos. La energía nos azucaró a todos: nos mirábamos y abrazábamos y reíamos, meseros bufos; los migrantes revivieron y hablaban, tronaban globos, se correteaban: niños otra vez con tantas madres presentes.

Tengo insomnio y pienso en mi madre, que está ahora en el gabacho y tal vez sueña con reencontrarse con sus desaparecidos con esa necia esperanza de las madres.